Martes, 23 de junio de 2009
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Cartas al director
Operación asfaltado en Teruel
Hace unas semanas asfaltaron la calle de los Pirineos (calle donde vivo), con una rapidez pasmosa. Yo diría que con demasiada rapidez, pues ahora el nivel del pavimento recién echado es el mismo que el de la acera e incluso en algunos tramos está por encima de ella.
Ya en el anterior asfaltado la acera tendía a sobresalir apenas unos centímetros por algunos tramos, precisamente donde la calle está más empinada, y me preguntaba cómo se iba a solucionar este asunto con el nuevo asfaltado. Bien, he visto que de la manera más fácil, sin hacer ni caso.
Si bien es cierto que esto facilita mucho los accesos a las viviendas para minusválidos y carritos de bebé, lo cual es de agradecer, plantea otro problema, y es que en el momento en que llueve, la calle de los Pirineos deja de serlo para pasar a ser una auténtica rambla, pues no hay ni un solo punto de drenaje en toda la calle y muy pocos por no decir ninguno en las calles superiores que vierten sus aguas a esta cuenca de los Pirineos.
Ahora con la caída que lleva la calle, la única escapatoria que tiene el agua es por las aceras, sobre todo la de los números pares hacia donde ya antes tendía a meterse incluso en algún portal.
El mal ya está hecho, existen varias soluciones, desde la planteada un poco más arriba de cambiar el nombre de calle por el de 'Rambla de los Pirineos' hasta el de hacer las cosas, ya que tardan en llegar, bien hechas.
Por supuesto aún existe una mas sencilla que es no hacer nada de nada.
Por favor en caso de que decidan hacer algo, que no sea la de cambiar la placa de la calle.
Raúl Escamilla Sánchez.
Teruel
Hace ya años
El doctor Gallop, demógrafo y jefe del Departamento de Ciencias de la Alimentación en la Universidad canadiense de Manitoba, escribió hace años lo que hoy se está haciendo realidad: "Una vez que hayas permitido matar el feto, ya no pararás". No habrá límite de edad.
Habrás puesto en movimiento una reacción en cadena que podrá hacer de ti la eventual víctima. Tus hijos querrán matarte, porque tú permitiste que fueran muertos sus hermanos y hermanas.
Querrán matarte porque no desearán soportar tu vejez. Querrán matarte por tus casas y propiedades.
Si un doctor acepta dinero por matar al inocente en el seno materno, el mismo médico te matará con una inyección cuando tus hijos se lo paguen. Esta es la terrible pesadilla que estás creando para el futuro".
Hace años se dijo esto en plan de profecía, y parece ser que el gobierno del señor Zapatero y algunos médicos, con sus leyes permisivas de una cultura de muerte, que han destruido el juramento de Hipócrates, están dando cumplimiento a lo dicho por el doctor Gallop hace ya años.
El rabino inglés Jakobovits recordaba en el coloquio del CIOMS de Ginebra, hace también ya años que: "Hacer abortar, recurrir a la eutanasia, practicar la inseminación artificial o la experimentación sobre el hombre, nada tiene que ver con la curación de la enfermedad.
La difusión de esos comportamientos contribuye a la pérdida del valor de absoluta inviolabilidad y santidad de la vida individual. El hecho de que Gobierno y Parlamentos hayan atribuido a los médicos y a otros el derecho de matar, de destruir la vida antes de nacer o al final de ella, crea un clima de opinión en el que la vida del individuo ya no resulta sacrosanta y la consecuencia es que otros grupos, los terroristas por ejemplo, se estimulan a construirse la ley por sí mismo, practicando la violencia a gran escala.
Con estas maneras de matar niños y ancianos (aborto y eutanasia) en detrimento del orden social, si algún día el hombre y al mujer pro abortistas maduran, llegarán a avergonzarse".
No es solamente la Iglesia católica la que protege la vida humana del aborto y de la eutanasia, y es una mentira calumniosa decir que la Conferencia Episcopal quiere llevar a la mujer que aborta a la cárcel, como vilmente ha dicho un destacado socialista, es de personas con dos dedos de frente (inteligentes y nobles) apostar por una cultura de vida y de actos éticos y de moral cristiana y humana.
Teófilo Marco.
Zaragoza